Las madres de la frontera cuentan sus historias

La migrante haitiana Margarete Valcin y su hijo, Dylan Barbot Valcin en el Centro Ministerial Metodista Unido Cristo en San Diego. Foto de Mike DuBose, Noticias MU

Por Rev. Gustavo Vasquez
08 de mayo de 2022 | NOTICIAS MU

Millones de personas celebran hoy el “Día de las Madres”, en diferentes fechas alrededor del mundo. Son diversas las formas, tradiciones y costumbres para que hijos/as y madres puedan reunirse o ponerse en contacto para celebrar y expresar el amor, el orgullo, el agradecimiento y otros nobles sentimientos que las madres inspiran en la vida de sus familiares.

La profundidad y fuerza de la maternidad en el desarrollo de los/as hijos, trasciende el tiempo, la distancia y cualquier condición humana. La propia escritura resalta en el capítulo 31 de libro de Proverbios, el carácter de la maternidad y su impacto en las vidas sobre las cuales las madres tienen influencia. El propio Jesús entiende su misión mesiánica dentro de la figura materna, como lo expresa el evangelista Lucas en el capítulo 13 verso 34 y la propia iglesia se ha asumido, en muchas oportunidades, como la madre.

Aun en las condiciones más adversas y difíciles, la maternidad es símbolo de seguridad, esperanza y apoyo para los/as más débiles. Esa es la imagen que muchos tienen de la iglesia y sus ministerios, a través de los cuales la iglesia ofrece abrigo, apoyo, amor, solidaridad y muchas otras cosas que se asocian a la maternidad.

Esa actitud materna de la iglesia, llega en acción ministerial, a muchas partes donde abunda la necesidad  y la desesperanza. Las fronteras es una de esas zonas donde, especialmente, las mujeres y los/as niños/as sufren la peor parte, por ser los sectores más vulnerables de la sociedad.

Noticias MU ha hecho un reportaje especial para dar a conocer la historia de algunas madres que, en medio de las dificultades, los peligros y las adversidades de la inmigración, siguen siendo esperanza, seguridad, fuente amor y ejemplo de lucha en busca de un mejor futuro para sus hijos/as.

Los nombres de las madres entrevistadas han sido cambiados, para preservar su seguridad, pero lo que no se puede cambiar, es la huella que ha dejado en sus vidas, los hechos que nos relataron en sus historia.

“Pude encontrar a mi hijo por la gracia de Dios”

María es una madre hondureña de Lempira, que estuvo viajando por tierra durante 7 meses, con su hijo menor de 5 años, hasta llegar  a un punto de la frontera sur del estado de Tejas, donde pudo solicitar asilo.

“Yo salí de Honduras huyendo, porque el padre de los niños intentó matarme. Yo me había separado de él, pero me ofreció apoyarme con los niños haciéndonos una casa. Yo trabajaba cocinando de 4 de la mañana a 8 de la noche; lo poco que ganaba se lo entregaba para la construcción.

Cuando ya le faltaba poco para terminar la casa, me citó en un sitio porque quería hablar conmigo; me engañó con algunos argumentos sobre los niños y me convocó a un sitio un poco desolado. Iba con temor y un mal presentimiento. Pero vi a dos personas cerca el sitio y me dije que si algo sucedía, esas personas escucharían. El llegó y comenzamos a conversar, cuando de repente salió un hombre armado y me puso una pistola en el pecho, pero al dispararla se le trancó y no pudo.

Él, en vez de defenderme, me sujetó y me tapó la boca para que no pudiera gritar, mientras el otro hombre intentaba dispararme. Sentía que me faltaba la respiración y que me estaba muriendo, al no poder disparar comenzaron a golpearme y patearme; pero en eso llegaron las personas que había visto en mi caminos, porque escucharon ruidos. Ellos salieron huyendo y yo quede muy golpeada, vomitando sangre.

Yo puse la denuncia, pero las autoridades nunca hicieron nada. En mi familia, solo mi madre y algunas de mis hermanas me ayudaron. Somos 11 hermanos y mis hermanos varones, siempre nos han maltratado a mi mamá y a mis hermanas, así que tampoco me ayudaron.

Viendo el peligro que corría y lo indefensa que me encontraba, tome a mi hijo más pequeño y salí de Honduras. Me vine como pude, sin dinero, sin nada; me tocaba dormir en el monte. A veces algunas personas nos ayudaron con habitación y comida, a veces comíamos de las sobras de otras personas.

Soy cristiana y lo único que llevaba era la fe en que Dios estaría con nosotros para que no nos pasará nada, porque en el camino se ve de todo.

Estuve casi 6 meses viajando, hasta que llegue a la frontera con EE.UU. y estuve un mes y medio esperando por la oportunidad de entrar y cuando me aventure a cruzar, con el favor de Dios, pude llegar.

María fue recibida en "La Posada", un ministerio de la iglesia católica, en donde participan personas de otras iglesias y organizaciones, incluyendo metodistas unidos/as. Allí estuvo recibiendo apoyo en sus necesidades y asesoramiento legal en su caso de asilo y facilitaron la ubicación y el encuentro con David su hijo mayor.

Yo había decidido venirme con mi hijo menor y al mayor lo dejé a con mi mamá, porque me sería más fácil viajar con uno solo y después poder traer al otro. Pero, en una oportunidad que me pude comunicar con mi familia, me dijeron que mi hijo había decidido buscarme y se fue de la casa de mi familia.

Ese niño se vino solo desde Honduras hasta Reynosa en México, allí me avisaron que lo tenían las autoridades.  Yo tenía miedo de que me lo quitaran, pero al final me avisaron que lo mandarían para este refugio conmigo. Sin embargo, resultó positivo en sus pruebas de COVID y lo retuvieron allá nuevamente, hasta que se sanara.

Yo estaba muy contenta cuando me pude reunir con él aquí en "La Posada", después de tantas preocupaciones y angustias. Pero, al mismo tiempo me puse triste al ver las condiciones en las que llegó; su cuerpo todo marcado con un brote en su piel”

David, con sus 11 años, es más sociable y sonriente que el común de los niños de su edad. Le gusta conversar y se adelanta a contestar las preguntas con picardía y espontaneidad. Sin embargo, cuando su mamá le pregunta sobre su viaje y todo lo que vivió en esa travesía, su rostro cambia drásticamente, su expresión se torna seria, su mirada evasiva y enmudece por unos segundos: “Desde que nos reunimos, no ha querido contarme lo que pasó, por mucho que le pregunto no quiere hablar de eso”.

En "La Posada", han podido recibir asistencia de salud, apoyo psicológico y apoyo pastoral. Los niños han tenido la oportunidad de ir a la escuela y recibir clases de inglés. David, con el dinamismo que lo caracteriza, habló de lo contento que se siente, de haber encontrado a su mamá y de lo bien que lo han tratado en el albergue: “fíjese que ya aprendí a decir ‘I am fine, thanks you. How are you?’ (Yo estoy bien gracias ¿y usted?)”, nos dijo en una veloz ráfaga de palabras una tras otra.  

“Sueño con poder encontrarme con mi hermana en Maryland y comenzar una nueva vida con mis hijos”. Así como a esta madre, “La Posada” ha ayudado a muchos/as inmigrantes a poder reunirse con sus familiares en los EE.UU., facilitando los contactos y recursos para su transportación.

 

Perdí todo, pero aun tengo a mis hijos

Aracelis es mexicana, nativa del estado de Guerrero, el cual ha estado padeciendo la violencia de los grupos del crimen organizado y el narcotráfico, de una manera muy acentuada. Desde un refugio para inmigrantes en la frontera comparte su historia entre lágrimas, preocupación y el desespero por los obstáculos que ha puesto la política migratoria de EE.UU., para examinar solicitudes de asilo humanitario, como la que ella busca presentar.

Yo tenía mi hermano mayor que vivía en los EE.UU. y vino a México para vender un auto, cuando lo secuestraron y tuve que asumir las responsabilidades familiares, más allá de mis propios hijos. Esto me obligó a regresar a la casa de mi madre para poder ayudarle, ya que ella tiene una edad ya avanzada.

Por la liberación de mi hermano, pagamos parte de su rescate y estuvimos buscándolo, pero nunca apareció. A partir de allí comencé a recibir amenazas de los secuestradores y un día mi hermano menor, de 26 años, atendió al llamado de la puerta en su casa y era un grupo de delincuencia organizada que se lo llevó a él y a mi hermana menor de apenas 15 años.

Después de tres meses nos devuelven a mi hermana, maltratada, desnutrida, víctima de violación y tortura. No conformes con esto se llevan a mi mamá para que viera a mi hermano, que lo tenían encadenado y pasando hambre y le dicen ‘te entregamos a tu hija. Pero a tu hijo, lo queremos para que trabaje para nosotros. Si te lo quieres llevar, te lo damos, pero con un tiro en la frente; tú decides’. Así fue como mi hermano tuvo que trabajar para ellos.

Mientras, mis otros dos hermanos desaparecieron y yo tuve que irme para ayudar a mi mama. Mi esposo aprovechó esta situación para denunciarme por abandono de hogar, aunque conocía todo lo que estaba sucediendo y, a través de acciones fraudulentas, traspasó todos nuestros bienes a nombre de su mamá y me impidió regresar a mi casa. Me quedé en la calle con mis hijos.

Mi hermano tuvo que seguir trabajando para esta organización, aun después de enfermarse gravemente. Lo mantenían trabajando en el tráfico de drogas y enfrentando a grupos rivales, hasta que lo matan en un operativo del gobierno cuando toman una bodega, en un caso que fue conocido públicamente a nivel nacional.

Toda esta relación involuntaria con esta organización criminal ha destruido a mi familia. A otra de mis hermanas, le llegaron a su casa y mataron a sus dos hijos delante de sus nueras y nietos/as, a sangre fría.

Todo esto ha cambiado mi vida. Yo era empresaria, me dedicaba a producción agrícola, tenía un negocio de cocina para banquetes y una inmobiliaria. Y de la noche a la mañana quedé en la calle, con mis hijos y siendo perseguida por esa organización criminal.

Tengo ataques de ansiedad y miedo constante por mis hijos que ya son adolescentes. Vengo huyendo de ellos, porque ahora quieren a mis hijos y eso no lo puedo permitir. De la escuela donde estudiaban mis hijos, ya han secuestrado a tres jovencitos y seguramente es para obligarlos a trabajar en el crimen organizado. Tengo miedo de que vayan a la tienda, de que vayan a la escuela.

Como Aracelis, miles de madres esperan en la frontera poder presentar su solicitud de asilo, mientras siguen luchando sacar adelante a sus hijos en medio de las adversidades.

 

Mi hija nació en el camino

Con 30 años Magaly, tuvo que abandonar El Salvador, dejando a dos de sus cuatro hijos allá, su empleo como niñera de un kínder y a su madre, para emprender su camino migratorio hacia los EE.UU. Junto a otras 1500 personas, Magaly habita con sus hijas más pequeñas y su esposo, en un refugio improvisado con lonas y carpas de bajo de uno de los tantos puentes de la ciudad de Tijuana.

Magaly vivió buena parte de su trayecto sufriendo las consecuencias del embarazo: “fue muy difícil para mí. Yo no sabía que estaba embarazada cuando salimos, pero comencé a sentirme mal en el camino y no sabía por qué. En nuestra estancia en Guatemala pude hacerme una prueba y confirmamos lo de mi embarazo. Pensamos en regresar, pero nos decidimos a no hacerlo porque nuestras vidas corren peligro en El Salvador, ya que las ‘maras’ saben que tenemos familia en EE.UU. y buscan secuestrarnos para cobrarles rescate”.

Yo viajaba con mi esposo y mi hija, ya que los dos hijos varones los dejamos con familiares, en otra parte del país para protegerlos. El trayecto lo hemos hecho en camiones y caminando. Muchas partes del trayecto tuvimos que caminar durante horas, sin agua ni comida; sentía que me desmayaba. Además, hacia mucho calor y la humedad me hacía sentir sin energía.

Queríamos salir rápido de Guatemala, porque la policía nos perseguía para robarnos y maltratarnos y tratábamos de viajar lo más rápido posible, eso lo hacía todo más difícil, aunque siempre encontramos ayuda en los momentos más duros. A veces uno se encuentre gente buena y solidaria; pero también te encuentras con gente mala, muy mala.

En Tapachula, por ejemplo -ciudad fronteriza al sur de México donde pasan la mayor parte de los/as migrantes que vienen de Centro y Suramérica – una señora  nos abrió su casa para darnos albergue temporalmente, cuando me vio embarazada y con los malestares propios de mi estado. Ella misma fue quien me llevó al hospital, cuando comenzaba a tener los dolores del parto.

Ya con la niña de un mes de nacida seguimos nuestro viaje, atravesando México hasta llegar a este punto de la frontera. Nos establecimos aquí porque no teníamos a donde ir y los albergues estaban llenos. Entre láminas y lo que pudimos encontrar, abrimos este espacio y después nos dieron unos plásticos para protegernos de la lluvia. Aquí hay mucha gente y recibimos mucha ayuda en ropa, comida y medicinas. Aquí nos vacunaron contra el COVID, por ejemplo, y diariamente vienen grupos, iglesias y personas particulares, a traernos comida.

Una de esas iglesias, a las que Magaly hace referencia, es la Iglesia Metodista de México, A.R., que mantiene un comedor en la ciudad, con la ayuda del Comité Metodista Unido de Auxilio (UMCOR, por sus siglas en inglés). Durante la pandemia, este comedor se mantuvo cerrado debido a las restricciones que impuso el gobierno mexicano, para impedir la expansión del virus del COVID-19. Sin embargo, no se detuvieron en el ministerio de alimentar a las familias migrantes necesitadas y habilitaron la cocina para preparar las comidas y llevarlas a diferentes refugios de la ciudad.

No se sabe ni cómo, ni cuándo podrán presentar sus solicitudes de asilo. Como ellos/as, miles de familias, de madres con sus hijos/as y de mujeres embarazadas, que huyen de sus países, esperan en diferentes puntos de la frontera por una oportunidad

Nosotros aguantaremos lo más que podamos y vamos a seguir adelante, de la mano de Dios, porque buscamos un mejor futuro para nuestros/as hijos/as, tanto ellas que vienen con nosotros, como los que dejamos en El Salvador.

 

Claudia Florentin